museo de la calle

¿hacemos el cruce?

11.5.07

 
EL VELOZ
museo de la calle
cambalache-transacción ilimitada



Este panfleto trata de la experiencia del museo de la calle, una actividad de intercambio y redistribución informal organizada por el colectivo Cambalache en las calles de Bogotá, capital de la República de Colombia. En este colectivo sin miembros estamos laborando de manera más o menos fija Luisa Clavijo, Adriana García, Carolina Caycedo y el que escribe esto, además de otros amigos y estudiantes de las Universidades de Los Andes y Jorge Tadeo Lozano, que están colaborando a salto de mata desde que la actividad se inició hace casi un año.

El museo de la calle está formado por una colección de objetos de toda índole obtenida en la calle a través del cambalache con los viandantes. Partiendo de una propuesta de trueque de Luisa y Adriana, el colectivo empezó a “hacer la calle” a bordo del Veloz, un carro de balineras -o caja de madera con ruedas- invitando a la gente a una transacción ilimitada con la propuesta ¿hacemos el cruce?
La cambiante recolección de objetos de este paradójico museo es testimonio de la diversidad de vida cotidiana en las calles de Bogotá y de las relaciones humanas y sociales que establecemos a través de los objetos y la cultura material. Navegando por los espacios urbanos, el museo de la calle se para en cualquier esquina para exponer su colección e intercambiar sus contenidos con la gente. Como dice Carolina, "exponer en la calle es reconocer a un público, algunos de los cuales son analfabetos, que se ve sorprendido por una exposición que más parece un mercado de las pulgas, una tomadera de pelo o una venta de chucherías. Se encuentran con un museo cuando no tenían planeado visitar uno".


Hoy, el Veloz sale temprano en una jornada especial de cambalache para atravesar la ciudad desde La Soledad, pasando por el centro, la Séptima, la Jiménez, la Décima, San Victorino, el Cartucho, la Avenida Caracas continuando por los barrios de Ricaurte, Santa Isabel, Asunción, Santa Matilde, Ciudad Montes, El Remanso, Villa del Rosario, Villa Sonia y Muzú hasta nuestro destino en el popular barrio de Venecia, al Sur de la ciudad. Te invitamos, amigo lector, a acompañarnos en una excursión por Bogotá a bordo del museo de la calle.

La calle es una jungla de cemento... canta Héctor Lavoe desde el atronador parlante de un almacén de cacharrería... El carro rueda ligero por la Carrera Séptima hacia la Calle 19. Estamos en pleno centro del Distrito Capital. El desprevenido recién llegado que camina sin rumbo por la Séptima no acierta aún a distinguir los detalles en este maremágnum de signos y contrasentidos por fuera de todas las normas establecidas que es Santa Fe de Bogotá. 2600 m. más cerca de las estrellas, las cuatro estaciones se suceden a lo largo del día en una atmósfera cambiante y densa. Imágenes inmediatas, estables y fugaces como las nubes, “verano de cinco minutos” que aparece y desaparece tras grises aguaceros sobre charcos que se convierten en mares y el paso apresurado de la gente que se mueve del trabajo a casa. Imágenes que parecen huir y esconderse como fantasmas e imágenes visibles cuando la ciudad se mira de la misma manera todos los días.
Si como decía Michel de Certeau, el viandante tiene la posibilidad de componer su propia narrativa en relación a un significado literal de normas y señales urbanas, en Bogotá todo el mundo se salta estas convenciones en una viva competición por el “espacio público”. Es la dialéctica de la apropiación o del avión: yo me aviono el andén, yo me aviono ese pedazo del parque, yo me aviono esa esquina... como hacen los poderosos con el país mismo.


Sorteando huecos y bolardos, cruzamos la Carrera Décima por la Avenida Jiménez mirando a todos lados no nos vaya a caer una buseta del cielo. Pitos, música, voces y rodar de balineras se mezclan en el manto de sonido permanente que irradian los más de sesenta mil automóviles y veintidós mil buses que ruedan todos los días por la urbe. En Atenas los autobuses se llaman metaphorai (transporte). En la “Atenas Suramericana”, para ir al trabajo o regresar a casa uno también toma literalmente una metáfora: Suba, Directo Caracas, Santa Lucía, Fontibón, Class, Roma, Quiroga, Lucero Alto, Germania, Cedritos, Benjamín Herrera, Galerías, Campín, C57, Kennedy, Ciudad Bolívar, Éxito, Ley, Britalia, Marruecos, Paloquemao, Saturno, Encanto, Selva Dorada. Carros, taxis y colectivos se agolpan en el ahora y siempre sin relojes del trancón. Inmerso en un remix de sonidos mecánicos y vallenato, entre semblantes dormidos y despreocupados, uno piensa que en cualquier otra ciudad un atasco es un retraso, un impacientarse, tiempo retenido. En Bogotá -dice Raimond Chaves- es una corriente que se lo lleva a uno, es el mundo que rueda vaya a saber dónde.


Los fascinantes avisos dibujados, que la alcaldía está mandando hacer más pequeños y descoloridos por aquello de la “contaminación visual”, se suceden a ambos lados: El Retazo, El Totazo, El Salvaje, Combatex, El Increíble... Llegando a San Victorino, en otra época elegante barrio comercial que constituía el límite occidental de la ciudad, la calle se ve poblada por gente de todo tipo y nos perdemos en este gran torbellino humano: vendedores ambulantes que cantan sus productos, mamitas con sus bebés en brazos, un escolar vestido de militar, mariachis buscando trabajo, muchachas que reparten volantes de secretistas y videntes, leones en dos patas con aros de fuego, payasos que anuncian cuchuco con espinazo, felinos con gorra que saben sumar y restar, esqueletos que bailan merengue, equilibristas de la vida, hombres sin manos, con dos cabezas o sin ninguna... Bienvenidos al Planeta Tierra. Bienvenidos a Bogotá. "La Tenaz", como la llaman algunos, es mezcla social, ruido y rumba enloquecedora, paranoia colectiva, erotismo en el aire, acelere humano que coloca al tiempo contra la pared.


En San Victorino, junto a las casetas comerciales que el alcalde Peñalosa ha ordenado demoler en su ingente tarea de “recuperación del espacio público”, intentamos el primer cambalache. Exponemos la mercancia y repartimos volantes... la gente pasa. Alguien se interesa por un abrigo a cambio de medio paquete de pielrojas... otro necesita la careta de bucear para su sobrino... hay un tipo dormido en el separador de la Trece, ajeno al tránsito de carros y buses que siguen arriba y abajo llevando y dejando a cientos de personas en cualquier punto que deseen del continuo trayecto. Casi todos los viandantes se apresuran a resguardarse de la lluvia y pocos atienden a nuestro cambalache al pasar. Algún vivo se ha llevado el caucho que sujetaba el forro del proyecto. Empezamos bien. Un vareto y una pony malta en El Paraíso 1A y continuamos la ruta.


Como el Argos, que fue reparado pieza por pieza a lo largo de su singladura, todos los contenidos del Veloz son intercambiables. El carro de balineras, la proverbial caja con ruedas que utilizan los recicladores para recorrer Bogotá, es el vehículo de transporte más económico y utilitario que pueda haber en la ciudad. El vehículo se construye con tablas de unos dos metros que sirven de plataforma. Atrás y adelante se levantan dos marcos según la altura de la persona ya que estos sirven para maniobrar, y a éstos se clavan las paredes de la caja. Esta estructura va montada sobre dos largueros, uno fijo detrás y uno móvil sobre un eje delante que se maneja con una cuerda. Se le colocan las balineras y listo.


En esta desmedida urbe en lo alto de los Andes -que ningún taxista al que yo haya preguntado se conoce por entero- dicen que hay plantadas siete millones de vidas, aunque nadie se atreva a asegurarlo. Por ser el polo de atracción permanente más importante del país, Bogotá es el destino que incorpora anualmente a miles de colombianos de toda condición en busca de empleo y educación. Necesidades o aspiraciones que quizás en sus lugares de origen no logran alcanzar. Igualmente, las condiciones de extrema violencia que se están viviendo en Colombia, un país en guerra desde hace quién sabe cuánto, desplazan hacia la capital a multitud de familias del campo que generalmente vienen a engrosar las filas de la informalidad o el desempleo.


Muchas de estas personas han establecido con la calle una relación de identidad y pertenencia en contraste con la población transeúnte para la que la calle sólo es un sitio de paso. Personas de todas las edades, sexo, raza y condición que viven de la calle, porque de ella derivan sus ingresos. Personas para las que la vía misma con su aglomeración de gente es lo que constituye la razón de su presencia callejera. Desde las ventas ambulantes de productos nacionales y extranjeros de contrabando, ferretería, productos de belleza, ediciones pirata de los últimos éxitos en libros, CDs y videos, ventas de dulces, golosinas, hasta la mendicidad abierta, pasando por innumerables actividades legales e ilegales, buscarse la vida es la norma. La calle es ese espacio que provee subsistencia, sociabilidad, identidad e inevitablemente territorialidad a tanta gente. Por eso mismo, la calle es un escenario permanente de competencia y conflicto por el espacio publico y una fuente muy compleja de construcción de imágenes para aquellos quienes han hecho de ella su hábitat y modo de vida.

Al igual que hay gente que vive de la calle, hay gente que vive en la calle, allí viven y en ella duermen. Son los habitantes de la calle, los ñeros, gamines, caminantes, basuqueros, recicladores, mendigos, trabajadora-es sexuales en situacion de extrema pobreza y familias de la calle. Entre los ñeros (por compa-ñeros) hay de todo. Si vas a la Novena verás negros, gringos, japoneses. Hay mochos, bizcos, feos, de todo. Los ñeros son libres porque hacen lo que les da la gana. Si se quieren tirar de un puente se tiran y nadie les dice nada. Si se quieren ir para Monserrate nadie les dice nada. Si se levantan a las 3 o las 4 de la mañana a dar vueltas ¿quién les va a decir algo? Son dueños de una ciudad sin puertas, de una ciudad de nadie, de una zona autónoma en la que los movimientos se ralentizan hacia un presente sin tiempo, el del rebusque de la vida cotidiana.


Para algunos el rebusque es cualquiera de las actividades que les permitan obtener ingresos con un solo propósito: conseguir para la dosis diaria. Para muchos otros el rebusque es reciclar, robar, pedir limosna, vender droga, atracar, prostituirse, cuidar y lavar carros, limpiar vidrios, cargar maletas, cortar hierba, lavar ropa, barrer calles, sacar la basura, pintar, dibujar, afilar cuchillos y zapatería para obtener la comida y alojamiento del día.

De entre todos aquellos que se rebuscan la vida cotidiana en las calles de Bogotá, los recicladores constituyen un colectivo de gente pobre, aunque no todos ellos son indigentes. Son trabajadores informales por cuenta propia que han hecho de la recuperación de las basuras una fuente permanente de ingresos, hay familias recicladoras y constituyen un gremio mas o menos organizado. Los recicladores recorren la ciudad seleccionando, entre las cinco mil toneladas de basura que produce la urbe a diario, todo tipo de material reutilizable que transportan en un saco, un carro tirado por caballo llamado zorra o un carro de balineras en un recorrido más o menos fijo que empieza donde termina y de vuelta a las bodegas de reciclaje. Allí les pagan la miseria de 10 pesos por kilo de chatarra, 30 pesos por kilo de cartón y 50 pesos por kilo de vidrio. Este trabajo es el más duro que puede haber en la ciudad... y el más fácil. En un buen día un reciclador puede sacar unos 8000 pesos, lo justo para la comida y el arriendo de una pieza en el sector más barato de la ciudad. A muchos les toca dormir en el propio carrito armándose un cambuche con plásticos y cartones, o acompañados de un perro callejero que haga las veces de manta.



Bajando con el carro por la Novena, entre Décima y Caracas, la calle empieza a transformarse. Caminando una cuadra estamos en otra ciudad. La calle del Cartucho, que ya no es una sola calle sino cinco, está habitada por gente de todo tipo. Muchos van sucios. Las yerbas crecen silvestres en los tejados de casas que amenazan ruina. Sávilas enormes cuelgan como agüero a la puerta de las tiendas. El olor a verduras de la plaza de mercado se va transformando en olor a marihuana y basuco. Unos ñeros juegan sentados en corrillo lanzando una caja de fósforos y chirreteando. Flotamos con un río de superficie apacible y oscuro fondo revuelto. Cuando uno entra a la calle -que aquí se llama “la olla”- se da cuenta que hay un lenguaje cifrado. El paso se hace más pausado y el “campanero” apostado en la esquina alerta con un pitazo la llegada de la policia -MARIO BAJA POR LA NOVENA- o de los extraños. Halamos nuestro carro entre otros que venden buñuelos y almojábanas y camiones que cargan cartón. El merengue de las cantinas atruena llegando ya a la esquina de la Novena con 12 mientras los jíbaros -o camellos- vociferan PACOS, PACOS. MONO, CUANTA BARETA (marihuana), y la transacción se hace delante de todos, hasta de la policía (o tombos).


En el Cartucho hay familias que viven en inquilinatos, población flotante que son nómadas o recicladores, comerciantes con tiendas, puestos de fritanga, fruta o cachivaches, compraventas de joyas, electrodomésticos y objetos casi todos robados, bodegas de reciclaje y ollas o sopladeros. Estas ollas son expendios donde se distribuye y consume la mayor parte de las drogas ilegales que entran en Bogotá a través de los cuatro principales cárteles del país que tienen sede fija en el sector. Con la llegada a finales de los setenta del basuco o "susto" (residuo del proceso de la cocaína, mezclado con cal, harina, ladrillo, etc.) la zona empieza a sostener su economía en relación al narcotráfico. Paradójicamente aquí, la pobreza y la indigencia tradicionales son redefinidas e incorporadas a la lógica de la riqueza y de la acumulación mafiosa e inevitablemente a la violencia que les es inherente. Como explica Borroughs en El almuerzo desnudo, la pirámide de la droga se construye sobre los principios básicos del monopolio:

1.-
Nunca
des por nada.
2.- Nunca des más
de lo que tienes que dar
(tener al comprador siempre
hambriento y hacerle esperar siempre)
3.- Recupera siempre todo lo que te sea posible.

El traficante siempre lo recupera todo. El adicto necesita más y más droga para conservar forma humana, para espantar al mono. La droga es el producto ideal... la mercancía definitiva. No hace falta literatura para vender. El cliente se arrastrará por una alcantarilla para suplicar que le vendan. El comerciante de droga no vende su producto al consumidor, vende el consumidor a su producto. No mejora ni simplifica su mercancía. Degrada y simplifica al cliente y paga a sus empleados en droga.



“Todo tiene un precio”, afirma despreocupadamente Armando con boca desdentada, quien desde hace bastante tiempo tiene su puesto de cachivaches en la Novena. Armando surte de lo que los demás desprecian. Un radio ronco por 200 pesos, un secador de pelo partido por 300 pesos y hasta un teclado de computador por mil pesos. Al preguntarle nos explica que para él, el rebusque es lo que tiene allí expuesto: un planchón atestado de objetos de toda índole que ha sacado de la “propiedad pública” -si no es una contradicción en los términos- de las basuras.



Este parece un buen sitio para hacer cambalache y con una señal parqueamos nuestra caja ambulante en la esquina de la Novena con 12. Repartimos volantes. La gente pasa y algunos se detienen a curiosear y ver qué pueden encontrar. Empezamos a ofrecer la mercancía mostrando ropa, juguetes y material de todo tipo nuestro y que hemos recogido entre los amigos para el trueque. “Mire papá qué saco”... “Regáleme su chaqueta”. Una señora nos regala una cadenita y agarra con un montón de ropa. “Un objeto por un objeto, doña”. “Se lo cambio por lo que me quiera dar, cualquier cosa que lleve en el bolsillo, un llavero, un zapato, un bombillo”.


Don Víctor nos regala la fotocopia original de un dibujo de la construcción del Templo de Salomón que hizo en Miami, donde pasó un año. Julio Murillo, que es de Riohacha y no del Valle, hoy nos canta con cariño para el museo de la calle. Otro nos ha dado, a cambio de una camisa, fotocopias de los poemas callejeros del Científico, el trovador del Cartucho que ya no está.
Como estamos viendo, en la calle hay poetas, hay dibujantes, hay cantantes, hay talladores, hay de todo. Como le contó Yakichan al periódico La Lleca, “el arte está en la calle. Porque el arte lo aprende uno más que todo en las correccionales y en las cárceles. Si usted se va para una cárcel, allá va aprender a tallar el hueso, la marfilina, la moneda, la madera y va a saber cosas que usted no sabe. Yakichan le coje un espejo y de ahí le saca una figura. Todo eso lo aprendió allá. Estuvo en La Modelo, en la de Cali que es Villanueva y en la de Armenia, que se llama San Bernardo".

“¿Hoy no van a peluquear?” pregunta el Abuelo que va acompañado por un tipo elegante al que llaman Mona Lisa por su pelo mono (rubio). Conocemos a éstos desde que el colectivo, junto a algunos compañeros de la Universidad de los Andes y la psicóloga Sara Ochoa, salió A toda mecha con una actividad de peluquería y belleza en la UASI (Unidad de Asistencia Sanitaria al Indigente El Cartucho). Esta propuesta lanzada por Carolina sigue en la actualidad prestando sus servicios de peluquería artística y estética capilar por todo Bogotá con una sede ambulante.

“¿No tiene un pantalón, mona?”, “Claro, lleve éste, me lo cuida ¿oyó?” Llegan nuevos objetos, otros se van, todos cambian de manos. Una estampita del Divino Niño por un casete de los Rolling Stones, un barco de artesanía x un abrigo, una chaqueta x un remo de plástico, un plátano maduro x una cadena mohosa, un soldadito por un libro, un cóndor de escayola x la olla. Mucha gente se va satisfecha con su cambalache y sólo alguno nos toma el pelo: “andan copiándose de nosotros para llevar sus tareas”... un chuzo (o pincho) x una gorra, una pelota x una camisa, un chocoramo x una voltereta, un espejito x unos moños de bareta, “no tengo nada”, un oso x nada... “que disfrute su cambalache” dice Selene. La mercancia se va transformando. Las moléculas cambian de sólido a líquido y a mi cabeza suben en estado gaseoso. Una rueda de caucho echa tallo, raíces y ramas y empiezan a salirle hojas de color verde. El cambalache se prende en burbujas de propiedad privada que estallan por todas partes “¿hacemos el cruce, chino?” El niño de cara mugrienta cambia su pipa por un muñeco. El Sol se esconde tras una nube oscura. Mario se mete en un charquito con otro ñero y se cubren con unas lonjas de pasto. Allí, bajo el agua, come morcilla con su parcero y unos fantasmas que llegan a su sueño.

El panorama tenaz que hoy vemos en el Cartucho es el producto de las dinámicas cambiantes en la historia de Bogotá. Este sector ubicado dentro del barrio de Santa Inés constituía hace 100 años un sector “elegante” donde vivían las familias más influyentes de la ciudad. Pronto la zona empezó a sufrir los agites de una excesiva vida comercial que hizo que sus residentes se fueran trasladando hacia nuevas casonas en el norte. A esta situación se sumó el Bogotazo, los hechos de violencia generados como consecuencia de la muerte del candidato presidencial Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, donde buena parte del centro de la ciudad quedó saqueada y destruida. De ahí en adelante la llegada de gente de todos los lugares del país se empezó a sentir con fuerza en este sector, que ya había sido invadido por las bodegas comerciales y la economía informal. Con la llegada del basuco la corrupta lógica del susto echa temporalmente raíces y el Cartucho se vuelve territorio del siniestro monopolio de los cárteles.

La calle del Cartucho, a sólo cinco cuadras de la Alcaldía, la Catedral, el Palacio de Justicia y el Palacio de Nariño, constituye una especie de subconsciente oscuro y rabioso que late en el centro mismo del superyó de Bogotá. El Gobierno Distrital viene trabajando desde hace meses en el empeño de recuperar el control de esta zona. En esta labor, uno de sus proyectos más importantes es la construcción del parque Tercer Milenio, que incluye zonas verdes, una estación de metro, centros comerciales, cines y un museo del distrito. El parque se extenderá desde la Calle 13 hasta la Sexta, entre la Avenida Caracas y la Carrera Décima.

El estatus nómada y la agresiva diferencia de muchos habitantes de la calle es un cuestionamiento de la forma de vida de la gente “normal”. El Gobierno quiere sacar del centro a la población indigente y hacer que se traslade a los cinturones de pobreza que rodean Bogotá. Con este objetivo, los trabajos de demolición ya han comenzado en la Calle Sexta, no sin haber enfrentado la insurrección de los habitantes del Cartucho, quienes a la llegada de las retroexcavadoras amenazaron con meter fuego a la bomba Terpel de la Caracas.

A los inquilinos de las viviendas y pensiones que ya han sido demolidas no se les ofrece más que una alternativa de residencia temporal en un hotel por quince días o un mes, y luego los botan de nuevo a la calle. Como afirma Carlos Santos, reciclador: “este proceso de demolición es muy adelantado por la sencilla razón que el gobierno o el alcalde no tuvieron la prelación de venir primero a darse cuenta qué niños habían para sacarlos o qué familias tenían más de dos o tres hijos para sacarlos de acá, porque ¿en que parte le van arrendar una habitación o una pieza a una familia que tenga dos, tres, cuatro, cinco muchachos?”

El Cartucho, en el que habitan unas nueve mil personas, está construyendo una vida cotidiana desde principios de los setenta con una economía, una imagen, un carácter, un lenguaje y un humor propios. Sus calles son como un espejo que podemos atravesar para ganar, desde el otro lado, una perspectiva más clara de la forma de vida que el Desarrollo nos vende como Bienestar. Este lugar es una contradictoria zona de diferencia en la ciudad y asi es también una desarraigada alternativa de resistencia cultural. En absoluto un lugar utópico (o no-lugar) sino un espacio vital de enorme presencia que en vez de ser demolido y borrado del imaginario urbano podría ser reconstruído, sanado y revivido por la gente que vive aquí.


Mientras prosigue el trapicheo, explicamos a quien se queda por allí por qué estamos en este cambalache: entre otras cosas queremos “hacer el cruce” e iniciar un proceso de intercambio a través de la circulación de objetos. Estamos a la búsqueda de cosas que sirvan de testimonio de este lugar, de nosotros como personas, nuestras relaciones y que sirvan también como materia prima en un proceso de transformación. Así hacemos deambular nuestra recolección por diferentes espacios urbanos, la exhibimos, circulamos y mantenemos en estado de reciclaje permanente. Hay un sentimiento por nivelar en un momento el valor de uso y el valor de cambio de estas mercancías al redistribuirlas en el acto recíproco del cambalache. Hoy precisamente el cambalache se dirige hacia hacia el bello barrio de Venecia en el sur de la ciudad.


Todavía nos queda una buena jornada hasta llegar allí y con un gesto los compañeros dan por concluida esta sesión de cambalache. “Listo, parce” y arrancamos. Pasan las nubes y la radiación ultravioleta del Sol es ahora intensa. Conduciendo el museo hasta la Caracas por el ensanche de la Novena vemos las bodegas de reciclaje y un buen número de esferados parqueados en la zona. Algunos están adornados con placas extranjeras, lujos, estampitas, paisajes tropicales, calcomanías, dibujos de Tazmania y Piolín y también llevan el nombre escrito en colores: Kitt, Pa la que Sea, Vidrio, espresoatibanoa... Aquí es donde don Merardo de Jesús Pérez nos vendió el carro que usaba como herramienta de trabajo y como vivienda -su “casamóvil”, como dicen- por treintamil pesos. “Ahora mismo voy y me consigo otro”, nos dijo cuando nos despedimos.

Convertir un carro esferado en una “casa” resulta un reciclaje de materiales y de simbolos abrumador. No creemos que necesariamente sea un ejemplo de lo que la gente debería hacer, pero es un ejemplo de lo que alguna gente está sin duda haciendo. Los recicladores utilizan la calle como espacio de intercambio. Trapichean y recontextualizan objetos, imágenes y todo tipo de material callejero para cambiarlo o revenderlo. Transforman el “material secundario” en su materia prima. El trueque es común. El cambalache es su espacio. Alberto, artista de la calle, cuenta que Cambalache es el nombre con que se conoce al barrio que equivale al Cartucho en la ciudad de Pereira.

Quizás el arte del rebusque se basa, como dijo alguien, en repasar el camino, mirar lo que otros miraron y ver lo que otros no vieron. En este reciclaje de símbolos hay que echar ojo, la basura y los objetos inútiles se vuelven otra vez mercancías que redescriben las relaciones humanas y sociales ¿...dónde fueron a parar el viejo computador, los repuestos del carro y el tostador que tiramos a la basura...? No se asombe de encontrarlos hoy expuestos junto a la lámpara de Aladino en esa compra-venta y redistribución informal. La cultura material de nuestra sociedad se exhibe en los puestos de cachivaches entre la bomba de gasolina de la Caracas y la plaza de abastos de la Carrera Once.

Si pudiéramos introducirnos en el flujo de las cosas y volver a trazar el recorrido de estos objetos en el circuito de la propiedad, quizás pudieran contarnos muchas historias de quienes una vez los usaron, para quienes alguna vez fueron bienes reales y significativos y no sólo el producto del intercambio monetario en una economía planeada de lo nuevo y lo obsoleto. Como explica Agustín García Calvo, el Capital está empeñado en producir cosas, que se hacen pasar por necesidades “naturales”, para justificar la idea de que el dinero puede satisfacerlas. La produccion de basura, de cosas sin valor de uso, es la produccion esencial del Desarrollo. Rebuscando entre lo que la sociedad rechaza, reciclar significa discernir entre este basurero descomunal en que el Estado-Capital está convirtiendo al mundo y recuperar entre todo ello lo que son bienes palpables y deseables y no dejar que se pierda ni uno solo de los lujos e invenciones que se hubieron de inventar y producir.

Posiblemente existe una relación entre el sentimiento por una utilidad no regida por el dinero y las investigaciones sobre modelos de organización social y económicos que se apartan de la noción de intercambio productivo. La idea de una economia del don como estado del desarrollo social ha sido estudiado por Marcel Mauss y refinado por Bataille y otros. Entre ciertas tribus, este tipo de economía recíproca se sustentaba en la ceremonia del potlatch, un rito festivo que convertía la destrucción de la propiedad en un acto de intercambio comunal y una negación de las divisiones sociales. Como explica Greil Marcus en Rastros de carmín, el potlatch es una palabra de la lengua chinook, que significaba un regalo que debía ser correspondido hasta que no quedase nada que dar. Tribus como los kwakiutl llevaban una extraña práctica: un jefe conocía a otro y le ofrecía regalos. El segundo jefe tenía que responder a su vez, pero con regalos más valiosos. Esto era el potlatch. El juego podía comenzar con el ofrecimiento de un collar y acabar con la quema de una ciudad: una tribu quemando su propia ciudad, aumentando de este modo las obligaciones de su rival hasta un nivel casi imposible. Lo ideal -escribió Mauss en 1925- es dar un potlatch y no obtener compensación. Esto no era ninguna anomalía cultural, decía Mauss: el potlatch era un eco de la Edad de Oro, la supervivencia de una forma de intercambio que una vez fue universal. Como aclara Peter Lamborn Wilson, aquí sería equívoco hablar de intercambio primitivo o de comunismo primitivo, ya que no es un asunto de propiedad en movimiento o de propiedad en común sino del fracaso en la emergencia misma de la propiedad.

Rodando por la Calle Trece pasamos delante de una especie de bunker sin señal alguna en su exterior. Es la Casa de la Moneda del Banco de la República, donde se fabrica el dinero. O más bien uno de los sitios donde se fabrica el dinero, ya que al Banco de la República le hace competencia la floreciente industria colombiana de la falsificación. En Colombia, hay que decir, se fabrican las mejores obras del arte de la falsificación de moneda en el mundo. Empujamos el carro entre el denso tráfico hacia el Sur y nuestros pensamientos giran alrededor de todo esto...


En los albores de la historia conocida el dinero apareció como una convención colectiva, como un medio simbólico de intercambio de bienes, productos y servicios, más allá del trueque, limitado éste por lo difícil de hacer coincidir ofertas y demandas en las proporciones deseadas, y cada vez más, por la proliferación de ofertas distintas, el descubrimiento de pueblos distantes, la expansión de las demandas, todo ello entendido como progreso.

En realidad, el dinero no aparece sino como deuda -nada sino ausencia. Tan pronto la deuda empieza a circular, aparece el crédito. Tu deuda es mi crédito al igual que tu escasez es mi plusvalía y tu falta de poder es mi poder. La economía igualitaria del don, que no conoce el dinero, sólo puede ser destruída por la economía de la escasez y la plusvalía. Nunca tan clara esta dialéctica como cuando Colón llegó a América y chocaron dos órdenes simbólicos enteramente diferentes. Uno, la cultura del regalo, incluso del sacrificio, y otro la cultura de la conquista y el despojo.

En la América prehispánica las formas de intercambio comercial se basaban en el trueque de productos de diversas regiones como las telas de algodón, la sal, el oro o la tumbaga (aleación de oro y cobre). En el comercio indígena abundaban los elementos y objetos manufacturados, importantes por su poder simbólico, por el prestigio que conferían y apreciados como ofrenda ritual. El oro no era un símbolo monetario, sino otro elemento valorado en el trueque por su carácter sagrado como receptor de la energía fertilizadora del Sol. Para estos pueblos, la riqueza significaba el poder mágico que poseen los elementos que propician la continuidad de la vida y la fertilidad. Los productos de intercambio constituían riqueza porque con ellos se lograba el equilibrio de las relaciones entre distintos grupos.


Los collares de caracoles son raiya, riqueza. Esta riqueza es fertilidad. Por eso los collares de las mujeres son de caracoles. Por eso se intercambian con grupos vecinos.
Del pensamiento U´wa


En el altiplano cundiboyacense, el mercado muisca de Sorocotá estaba en un cerro sagrado. Una gran piedra marcaba el sitio de trueque, donde se reforzaban las relaciones entre distintos grupos sociales. Los caciques recibían trabajo y variados productos como tributo de sus súbditos. Pero su función no era la de acumular riqueza. Era la de reunir bienes para luego redistribuirlos durante ceremonias y actividades comunales.

Los tratos y mercaderías son muy ordinarios trocando unas cosas con otras y con mucho silencio y sin voces, y no tienen moneda.
Gonzalo Fernández de Oviedo, 1548

En el trueque indígena existían normas de qué productos se intercambiaban por cuáles, según la especialización regional en diferentes actividades: agricultura, producción de manufacturas o minería. Aunque el sistema monetario estaba muy alejado de la mentalidad indígena, algunos elementos tenían equivalencias más precisas en relación a otros. Las mantas de la marca o buenas medían dos varas y sesma (173 cm.) Las mantas chingamonales o comunes, eran más pequeñas y menos elaboradas. Dos mantas de la marca equivalían a una carga de coca. Una manta de la marca valía 3 ó 4 chingas. Las Justicias de Tunja hablan en 1583 de “una carga de caracoles pequeños con que bailaban en las fiestas que valía veinte mantas”

Los grupos indígenas estuvieron unidos desde tiempos remotos por intensas relaciones de intercambio. Los conquistadores hallaron rutas que cubrían todo el actual territorio colombiano y se interconectaban con aquellas de regiones vecinas. Las zonas especializadas en la producción de materias primas o manufacturas especiales fueron centro de confluencia de distintas rutas comerciales. Este intercambio en largas distancias podía ser manejado por mercaderes especializados, como los mindalaes, en la sociedad de los Pastos del altiplano nariñense. La tradición se mantiene hasta hoy entre los indígenas kamsá del Putumayo, que comercian plantas medicinales, y entre los otavaleños del norte del Ecuador

Cuando el intercambio no era monetario ni el metal valía por sí mismo, hacía falta compartir ideas y conceptos para que las piezas de oro tuvieran sentido en distintas regiones. Colgantes de oro y tumbaga en forma de águila con alas desplegadas fueron producidos durante muchos siglos. Los conquistadores se extrañaban ante las numerosas águilas de oro que circulaban en Centroamérica, el norte de Colombia, las Antillas, el occidente venezolano, Llanos Orientales, las Guayanas y el Orinoco. Se encuentran águilas en las culturas muisca, tairona y sinú y el simbolismo e importancia social de las águilas de oro subsiste entre los wayúu de la Guajira.


La llegada de los europeos al Nuevo Mundo marca un choque con la alteridad sin precedentes. Testimonios como los diarios de Colón nos hablan de los primeros encuentros (o “encontronazos” como prefiere Rafael Sánchez Ferlosio) con los americanos y de la confianza de los españoles, y de los exploradores europeos que les sucedieron luego, en que se podría salvar el abismo que los separaba de los nativos a través de la entrega de regalos y la exhibición de representaciones.
Consideremos por ejemplo el testimonio del explorador Jacques Cartier a su llegada a las costas americanas tal como lo narra Stephen Greenblatt en su libro Marvelous Possessions:

Cuando Cartier ve a los indios sosteniendo con palos pieles en lo alto, asume que proponen un trueque, aunque inmediatamente “no se preocupa por confiar en sus señales”. Al día siguiente se aventura a hacer señales de paz en respuesta y manda a dos hombres a la orilla “para ofrecerles algunos cuchillos y algunos otros bienes de hierro y un bonete grana para entregarle al jefe“. Los gestos tentativos iniciales se han materializado entonces en regalos, y los regalos conducen a más señales. “Los salvajes mostraban un placer maravillosamente grande en obtener y poseer estas mercancías de hierro, bailando y haciendo muchas ceremonias, y salpicándose con las manos agua salada por la cabeza unos a otros“. Estos signos de extrema alegría llevaron a lo que podemos llamar un intercambio total: “Hicieron trueque hasta el extremo de irse desnudos y sin nada en ellos“.

Estos primeros intercambios se convirtieron pronto en un modo de obtención de riquezas. Los conquistadores utilizaron el rescate, o intercambio de oro y otros bienes indígenas por baratijas españolas. Desde el punto de vista de los españoles, el intercambio de regalos era ampliamente desigual: te doy una cuenta de cristal y me das una perla que vale la mitad de tu tribu. El concepto de valor económico relativo, la noción de que una cuenta de cristal o una campana podía ser una preciada rareza en el Nuevo Mundo, era extraño a la mayoría de ellos. Los conquistadores pensaban que los salvajes simplemente no entendían el valor natural de las cosas y por tanto podían ser engañados intercambiando tesoros por baratijas, signos llenos por signos vacíos. Donde los indios pueden haber imaginado un intercambio recíproco de regalos, o quizás una transacción económica mutuamente satisfactoria, los europeos tienden a imaginar un intercambio de signos vacíos, de falsificaciones seductoras, por riqueza abundante. Objetos de poco valor permiten acceso a objetos de inmenso valor -de hecho, cuanto más vacío e inútil el objeto, más se gana en el intercambio.


La práctica intemporal del trueque está todavía presente bajo diferentes formas en la economía que la ha absorbido. En la actualidad este sistema cuestiona el valor absoluto de las mercancias proponiendo otra forma de entender las relaciones económicas, donde la decisión sobre el valor del trabajo o de los bienes es de los mismos participantes en el intercambio. No viene determinada desde el poder económico. Así muchas formas de trueque, multitrueque, dinero alternativo e intercambio comunitario están volviendo a aparecer en la actualidad.
Altamira, por ejemplo, es un barrio del occidente de Medellín donde un grupo de personas se han unido para promover el cambalache. En este mercado se puede comerciar sin dinero intercambiando todo tipo de mercancías. “Estamos llenos de cosas que no nos sirven y que si le sirven a otros”, sostienen sus creadores. Pablo Mayayo había encontrado en internet el relato de un trueque en Buenos Aires que empezó en 1995, y les expuso la idea a los demás. Hicieron las primeras reuniones y crearon el club del trueque de Altamira.



Esta cooperativa ya ha organizado tres rondas de trueque y ahora piensan intercambiar servicios y saberes para aprovechar a todo aquel que tenga algo que ofrecer en esta urbanización de más de 6000 habitantes. Los organizadores están convencidos de que se pueden cambiar clases de matemáticas por cortes de pelo, y que es posible aprender a bailar merengue y pagar con algunas sesiones de masaje. El primer paso es la creación de un directorio en el que ya han comenzado a inscribirse profesores de danza, guitarra e inglés, mecánicos, masajistas, señoras que cuidan niños, médicos, ebanistas y terapeutas, entre otros.


También en el municipio de Bello, al norte de Medellín, venía rondando una iniciativa similar desde 1994, liderada por John Jairo Cano y sus amigos de la corporación Buena Idea. Cada dos meses en el ecoparque La Guzmana, más conocido ahora como Parque del Trueque, se efectúan más de 150 cambalaches durante el día dedicado a esta actividad.“Hay algo que se pierde con el dinero y es el intercambio con el otro. Nosotros priorizamos: tú qué tienes para intercambiar y qué te gusta de lo que yo tengo”, dice John Jairo para justificar que ellos no adopten ningún tipo de moneda. Incluso él ha pagado la pensión de su hijo en la escuela Argiro Ochoa con el mantenimiento de los techos y los pupitres. Tres citas con la psicoanalista le costaron un caleidoscopio y recibió sesiones de terapia neural a cambio de trabajos de marquetería. “El trueque se hace para valorar con el corazón y no con el bolsillo los bienes y servicios que producimos, sin la brecha insalvable, entre productor y consumidor, del ‘no hay dinero’“, afirma Cano.

Esta filosofía permite ser rica a toda persona que esté dispuesta a intercambiar lo que sabe hacer, lo que le gusta y lo que tiene. La riqueza está en uno mismo. Este sistema impide producir dinero con dinero, evitando la especulación monetaria que es el fundamento del sistema financiero actual (como explican algunos economistas sólo un 5% del capital que circula en el SWIFT, el internet privado de bancos y bolsas de valores, se refiere ni siquiera lejanamente a producción real). El trueque lleva a preguntarnos sobre la distribución de las riquezas, sobre las necesidades reales y el valor que otorgamos a los recursos y al trabajo.


Empujar un carro en la selva urbana es un trabajo duro, pero a algunos nos gusta hacerlo. Pasear es también disfrutar de los parches de sombra verde que quedan en Bogotá para echar un descanso. En el Parque de los Mártires, sobre la Caracas con Once, nos quitamos los zapatos e imaginamos que debajo de las yerbas que pisamos nos sostiene la cordillera de los Andes que, empezando en la Tierra de Fuego y terminando en el mar de las Antillas, es la cadena montañosa más larga de la tierra.



Los Andes húmedos tropicales comprenden tres cadenas de orígenes independientes, que divergen hacia el Caribe y están separadas por profundos valles. Hace entre 140 y 70 millones de años se depositaron y compactaron en lo que en la actualidad son los Andes Orientales colombianos sedimentos que conocemos como Asociación Guadalupe. Entre 70 y 25 millones de años empieza el levantamiento de la cordillera, el mar deja sitio a un sistema de lagunas que permite la sedimentación de mantos de materia orgánica. Entre 5 y 3 millones de años los cerros se levantan hasta su altura actual, periodo en que la Sabana de Bogotá permanece como un gran lago. A comienzos de siglo había en esta sabana y en la de Ubaté unas cincuenta mil hectáreas de pantanos y lagunas. Algunos naturalistas mencionan la gran diversidad y abundancia de aves que vivían o pasaban temporadas en humedales y pastizales. Actualmente sobreviven cinco especies y subespecies endémicas de aves en unas pocas hectáreas de pantanos seriamente amenazados de la sabana de Bogotá.

La diversidad vegetal es muy grande en esta zona y aquí crecen mezcladas plantas de tierras altas y bajas. Rodando por el medio urbano observamos que las calles y parques de Bogotá están habitados por una gran variedad de árboles nativos y exóticos: urapán, caucho sabanero, plátano, pino romerón, pino colombiano, araucaria, ciprés, roble, encenillo y sietecueros, matas como el agave o las orquideas (de las que se calcula que puede haber unas 3500 especies en Colombia) y palmas -la de cera es el símbolo nacional- palma de manila y otras especies exóticas como la palma fénix de las Islas Canarias.

Sentados en el Parque de los Mártires vemos aparecer desfilando ante nuestros ojos atónitos jazmín, roja y verde, caracas freeway, romero, cerezos, papayuelito, croto, deasia bogotana, chaflera, acacia morada, laurel, cayeno, abundancia, cactus, caucho, coralito, sábila, aluminio, arrayán, acacia y muchas plantas como fique, hiedra y tubérculos.
Como los nombres de las plantas, el Veloz se va reciclando en cada trasteo cultural y acarreo de palabras para terminar convertido en un proyecto enteramente nuevo en cada capítulo. Saliendo ya del parque y cruzando barrios residenciales y zonas industriales el cada vez mas lento Veloz dibuja sus balineras sobre el asfalto de la Autopista Sur. En el poema de Nelson Ruiz publicado en La Lleca

Rechinando rueda,
el esferado limpiando paisajes,
va, empujando,
conquistando la calle cotidiana.
Acosado,
cumple su jornada:
avanza, rechinante, el esferado.
Al rutinario exilio, va, arrastrado.

Estamos ya en Tunjuelito. En el río que ahora cruzamos se hallaron tunjos -objetos de poder muiscas fabricados en cerámica- de los que toma el nombre la localidad. Aquí, doblamos por el desvío de la Autopista Sur que nos conduce por fin a Venecia, un lindo barrio construído, como su ciudad homónima en Italia, sobre lo que una vez fue una de las grandes lagunas. Antes de 1968 alli no había nada y a aquello lo llamaban La Laguna y al lado -en lo que hoy es Venecia Occidental- está Laguneta. El nombre, nos cuenta Doña Marina, colonizadora del barrio, fue un homenaje al Papa Pablo VI, quien en su visita a Colombia para el Congreso Eucarístico “besó el piso y bendijo al barrio con el nombre de una ciudad de por donde él vivía”.

"Andiamo tutti a Venezia" con el museo que representará a la calle en la Bienal de Venecia, un evento artístico que inaugura su tercera edición este viernes en el Salón Comunal del Barrio. La Bienal es una propuesta de Franklyn Aguirre y el colectivo Matracas a la que han invitado a unos treinta artistas y grupos locales para realizar intervenciones y actividades en colaboración con la comunidad de Venecia.

Despues de saborear dulces y tinto en la cafetería Buenos Aires de la 49 Sur, sacamos todos los contenidos del carro, los desplegamos y empezamos a examinarlos, ordenarlos y relacionarlos convenientemente en analogías específicas. Aquí hay de todo: ciencia, matas y frutas, tecnología, juguetes, objetos personales, arte y objetos culturales, biblioteca, periódicos, publicaciones y entrevistas, ropa obtenida, ropa para cambalache, música, poemas, arqueología de las demoliciones, joyas, volantes, lámina, ruedas, espejos, gorros, fotos, afiches, video, chuzos, vasijas, pipas y drogas, ropa y zapatos, dibujos, objetos para cambalache... De un cachivache a otro recorremos las categorías del conocimiento humano con el sentimiento, no de entender un mundo incomprensible y desbordante, sino de sumergirnos en él y empezar a leerlo a través del juego de relaciones que nos plantean a nosotros estos cachivaches. Aquí los visitantes están invitados tanto a llevarse una pieza y dejar otra a cambio, como a reordenar la mirada de Caos conforme a sus propios deseos. Las categorías propuestas son lo suficientemente abiertas como para permitir que el viento haga rodar una pelota de plástico de la sección de juguetes en San Victorino hasta el patio de una casa en Venecia


Sobre mesas y paredes, el museo despliega en la Sede Comunal su versión no definitiva. En verdad hay algo conmovedor en todos estos objetos, e igualmente algo inquietante. Cada uno habla por si mismo y juntos dicen algo también. Son vestigios de conciencia y de pensamiento, fantasmas tangibles de la vida que les dió uso una vez. Los verdaderos propietarios de estas riquezas son los espíritus de los que no están, los fantasmas de los que se han ido, las apariciones de una guerra presente, que llega hasta aquí y se manifiesta de mil maneras en los signos de la vida cotidiana. Como sustitutos de las cosas sagradas y de los seres sobrenaturales que en ellas viven, estos objetos representan también a las personas y sus relaciones. Se han convertido en fantasmas, espíritus que han vuelto a la vida, que están aquí para compartir sus historias y ocupar su lugar entre nosotros.

En Venecia los más asiduos al cambalache son los jóvenes. En esta localidad estudian sesenta mil niños y niñas y a las seis de la tarde, cuando salen de los colegios, el museo de la calle se convierte en un Super Cambalache ilimitado. Algunos sardinos traen bolsas de objetos para cambiar y el trueque se prende sabroso. En el juego de probabilidades las cosas se mueven, cambian de tamaño y emiten fluidos de colores. El barco de artesanía que nos entregaron a cambio del abrigo de Alfonso está ahora colocado en la sección de anillos y collares. Con un trozo de imán al que se le habían pegado casualmente diversos elementos de hierro se sustituye toda una categoría espontánea por algún otro objeto del cambalache. Nos sorprendemos con la aparición de cada nueva pieza y toca abrir secciones para acomodar algunas de ellas: la cruz roja, los regalos, los cueros... Los niños no paran de cambiar, cambiando y descambiando cosas que ya habían cambiado antes. El departamento de música amplía su recolección con éxitos como La Ley del monte de Vicente Fernández o Bogotanizado del costeño Noel Petro. Doña Marina está disfrutando al ver todas estas cosas antiguas tan lindas. Mefa dice que cada objeto tiene origen e historia...producto de una ensoñación poética. Aura no sabia que todo lo que tiene en casa es arte.



Ya termina la bienal y con el corazón cambalacheado damos por concluido este capítulo. Los objetos retornan ordenadamente al Veloz y nos despedimos de nuestros nuevos amigos prometiendo volver. El carro ya sale hacia un nuevo destino acompañado de algunos chinos que apuran los últimos trueques. Así tomamos la Carrera 53 dejando el Salón Comunal y las incansables balineras del museo de la calle devoran una vez más piedras, huecos y charcos por las calles de la urbe. Rodamos pasito dejándonos llevar por el poema collage que forman los avisos de las tiendas y una buseta verde nos adelanta estrepitosamente por la izquierda. Nos cierra para recoger a un pasajero. A la derecha una alcantarilla, de frente un hueco tenaz. En un rodamiento de acero que impacta con el andén, el microcosmos se estrella contra el macrocosmos. Toda la carga salta y las categorías se desplazan. Algunos objetos ruedan fuera de la caja, se van calle abajo, se alejan, salen de Colombia y entran en el Universo. El Veloz no se enfrenta al Caos exterior sino que lo ingiere y lo incorpora dentro de sí. De la misma manera, en múltiples roces y encontronazos, la cuadrícula de nuestras ideas preconcebidas se va abollando a base de golpes con la realidad y se transforma en la rueda engrasada que conduce el proyecto.



La dejamos rodar y así modelar el proceso de representar un futuro desconocido. Un proceso que muestre las contradicciones con las que vivimos para que puedan ser sentidas y comunicadas a un nivel cultural. Obtener, en vez del conocimiento abstracto y limitado que se da por suficiente, un conocimiento más respetuoso con nosotros mismos y con las realidades que confrontamos. A partir de ahí... todo. Soltando cuerda el Veloz dibuja dócilmente otra curva. Aquí tomamos la Diagonal 49 Sur y en este instante el Sol estalla sobre los vidrios de las fachadas. Un perro negro ladra en lo alto de un tejado. Una mamacita me sonríe por la calle. Empieza el cambalache... ¿hacemos el cruce?

Federico Guzmán
Bogotá, 1999


BIBLIOGRAFIA

-Carlos Arnulfo Arias, 1999
Bogotá: Directo Caracas
Cuarto de Máquinas Editores, Bogotá

-Arturo Alape, 1997
Ciudad Bolívar, la hoguera de las ilusiones
Planeta, Bogotá

-habitantes de la calle
Cámara de Comercio, 1997
Bogotá

-William Borroughs
El almuerzo desnudo

-La Lleca # 1 y 2, 1994
Calle 12 # 2-65, Bogotá

-Agustín García Calvo, 1995
Análisis de la Sociedad del Bienestar
Lucina, Zamora

-Greil Marcus, 1993
Rastros de carmín. Una historia secreta del siglo XX
Anagrama, Barcelona

-Colección Numismática
Museo del Banco de la República, Bogotá

-Stephen Greenblatt, 1991
Marvelous Possessions. The Wonders of the New World
The University of Chicago Press

-Néstor López López
Cambio televisor por clases de karate
El Tiempo, 5 de septiembre 1999. Bogotá


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